
Estamos en Elul y la lista es larga.
Pedimos por la salud de los que queremos. Por los hijos, que estén bien, que estén encaminados. Por los nietos. Por parnasá. Por que salga bien eso que viene y todavía no sabemos cómo va a terminar. Es lo natural, es lo humano, y está bien que así sea.
Y en el medio de todo eso, dos veces por día, decimos un salmo donde el rey David pide una sola cosa.
אַחַת שָׁאַלְתִּי מֵאֵת ה' אוֹתָהּ אֲבַקֵּשׁ — Una cosa pedí a Hashem, eso busco.
Lo primero que llama la atención es la economía. En un salmo que habla de enemigos, de ejércitos acampando alrededor, de padre y madre que se van, hay un solo pedido. Uno.
Pero lo que a mí me detiene no es que pida poco. Es qué pide.
שִׁבְתִּי בְּבֵית ה' כָּל יְמֵי חַיַּי — Estar en la casa de Hashem todos los días de mi vida.
Leelo de nuevo despacio. David Hamelej no pide que los enemigos se vayan. No pide que la guerra termine. No pide salud, ni hijos, ni victoria, ni que se resuelva lo que lo tiene rodeado, y está rodeado, el salmo lo dice sin adornos.
Pide un lugar donde estar.
La diferencia no es menor. Casi todo lo que pedimos tiene forma de resultado: que pase esto, que no pase aquello, que salga bien. Son pedidos sobre el futuro, y sobre cosas que no dependen de nosotros. Él pide otra cosa: pide permanencia en un lugar.
Y el verbo que usa no es visitar. Es שִׁבְתִּי (shivtí), de לָשֶׁבֶת (lashevet): sentarse, habitar, quedarse. No pide entrar. Pide quedarse.
Hay algo más, que se ve solo si leés el salmo entero.
Este pedido está en la primera parte, la que respira confianza, antes de que en el verso 7 la voz se quiebre y empiece a suplicar. Es decir: cuando el rey David todavía suena seguro, con un ejército acampando alrededor, lo que se le ocurre pedir no es que lo saquen de ahí.
Es quedarse.
Recién después, cuando la certeza se rompe, va a pedir que no le escondan el rostro. Pero eso viene más tarde. Acá todavía está entero, y aun entero, lo único que quiere es no moverse de la casa.
A los veinte años, ese verso se lee como una declaración de intenciones. Todavía hay tiempo, todavía se está armando la vida, y decir quiero estar acá todos los días de mi vida es una promesa hacia adelante.
A los sesenta se lee de otra manera.
Porque a los sesenta ya sabés en qué lugares estuviste. Sabés cuáles fueron de paso y cuáles se volvieron tu casa. Ya no es una promesa: es una pregunta sobre lo que efectivamente construiste, y sobre dónde te encuentran los que te miran.
Y ahí el verso deja de ser sobre vos.
Porque el lugar donde uno se queda todos los días de su vida es, también, el lugar donde los hijos y los nietos te ubican. No lo que les dijiste que era importante. Dónde estabas efectivamente parada.
Elul suele plantearse como una revisión: qué hice mal, qué corrijo, qué pido.
Este verso propone otra cosa. No pregunta qué querés que pase. Pregunta dónde querés estar parada mientras pasa lo que sea que vaya a pasar.
Es una pregunta más incómoda porque no se puede tercerizar. Los resultados dependen de mil cosas; el lugar donde uno elige quedarse depende de uno.
Esta semana trabajé el Salmo 27 en video, leyéndolo despacio y viendo cómo está construido. Si querés seguir por ahí, te lo dejo acá:
Si tuvieras que pedir una sola cosa este año, una, y renunciar al resto de la lista, ¿cuál sería? No la respondas rápido. Vale la pena que te dure unos días.
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